July172012
Esclavas sexuales de los paramilitares

(La Lucha Paramilitar contra la Humanidad). Es siempre más fácil justificar la violencia política que entenderla, especialmente cuando se trata de la violencia de extrema derecha, la que habitualmente relacionamos con lo irracional y la demencia. No por nada hablamos de la derecha psicótica, término que no sólo abarca a la ultraderecha estadounidense –al Ku Klux Klan, a las milicias rurales armadas, a los supremacistas blancos, a terroristas como el noruego Anders Behring Breivik - y a los neonazis, sino también a organizaciones como los paramilitares colombianos. La violencia derechista, como por ejemplo la violencia nazi o neonazi o la violencia de los militares argentinos o chilenos o la de los paramilitares colombianos ataca directamente a los humanos que han sido derrotados o sometidos por razones muy alejadas de la política o la ideología. Pareciera que la violencia de extrema derecha se ejerce derechamente contra el género humano y por ello muchos la creemos asociadas al Mal. Es difícil concluir otra cosa cuando nos enteramos de las aberraciones que cometieron esos regímenes (como el del dictador Videla en Argentina, Pinochet en Chile, Hitler en Alemania, Franco en España y presidentes como Álvaro Uribe en Colombia) y causa siempre horror oír a personas que creemos normales defender y justificar esas horrendos, innecesarios y arbitrarios crímenes.
Escribo esto después de leer, hace unos días, un informe sobre la violencia paramilitar en Colombia. Recordemos que en ese país los paramilitares se hicieron conocidos por las numerosas masacres que cometieron y por la impunidad en la que viven todavía. Las víctimas civiles de los paramilitares se acercan a cifras difíciles de imaginar: cerca de cincuenta mil personas, asesinadas con una casi inverosímil crueldad. Hoy se sabe, por las confesiones de los propios paramilitares, que para cometer las masacres de campesinos que los caracterizaron recurrieron casi siempre a acusar falsamente a comunidades enteras de colaborar con la guerrilla comunista, para poder desplazarlos y despojarlos de sus tierras. Así pagaban sus servicios los terratenientes que los habían contratado. Los asesinatos masivos de campesinos iban frecuentemente acompañados de violaciones, y las mujeres víctimas de estos abusos eran también frecuentemente asesinadas, a veces mutilándolas poco a poco. Se sabe de un bloque paramilitar que instaló hornos crematorios, en los que solían quemar vivas a sus víctimas.
También caracterizó la violencia de extrema derecha militar las ejecuciones arbitrarias de civiles inocentes –los llamados falsos positivos- con el fin de inflar las cifras de bajas del enemigo, causar la falsa impresión de que iban ganando lo que llamaban guerra y cobrar las recompensas que pagaba el gobierno del presidente Uribe: dos mil quinientos dólares por campesino o comunista asesinado (los militares debían entregar la cabeza o las manos de las víctimas para poder cobrar el botín). Estos crímenes, denunciados desde 2001 y que siguen ocurriendo, sobrepasan las tres mil víctimas. Esta increíble e injustificada violencia de los agentes del estado se inscribieron (o inscriben) también en las campañas de limpieza social, y militares y paramilitares señalaban como víctimas a personas que consideraban desechables, como vendedores ambulantes, drogadictos, delincuentes juveniles, discapacitados mentales y físicos y homosexuales. Es escalofriante pensar que estos cobardes criminales se consideraran de un tipo mejor de humanidad que las personas humildes que se ganaban la vida honradamente vendiendo sus productos en la calle. Inimaginable.
El artículo publicado recientemente en verdadabierta.com (La violencia sexual de los paras de Arauca) gira sobre los abusos sexuales cometidos por los paramilitares de Arauca. Allá, los paramilitares del Bloque Vencedores de Arauca, bajo la dirección de alias El Mellizo, secuestraban niñas, o las “reclutaban” forzosamente para utilizarlas como esclavas sexuales –todo esto, evidentemente, sin relación alguna ni con militancias políticas ni con delitos eventualmente cometidos (lo que, considerando la edad de las niñas es muy improbable). Tras violarlas, eran comúnmente torturadas y asesinadas.
Hay algunos políticos (como el expresidente Bush y sus asesores) que aprueban la tortura de prisioneros o detenidos, justificándola con la intención de extraer información para desbaratar posibles atentados terroristas. Pese a las evidencias que desmienten la utilidad de la tortura (muchos prisioneros confiesan cualquier cosa para dejar de ser torturados), las fuerzas militares estadounidenses y otras la siguen practicando, y han llegado incluso a reformar sus sistemas legales para que los autores de esos abusos queden impunes. Supongamos por un instante que esa es una idea que, aunque repugnante, se puede entender. Pero ¿cómo entender que se torture a niñas de trece o quince o dieciséis o más años, después de ser violadas y abusadas sexualmente por la tropa, con el fin explícito de causarles la muerte? Si las querían asesinar (para que no contaran lo que les habían ocurrido), ¿para qué torturarlas? Es en estos actos donde se percibe la dimensión antihumana de la violencia de extrema derecha.
“Hacían que las víctimas se desnudaran delante de todos, las ponían a pelear entre sí, las manoseaban y las sometían a tratos humillantes”, leemos en el acta de acusación. Luego eran violadas, torturadas y asesinadas. Los paramilitares se divertían con estos crímenes. Dos niñas secuestradas –una de quince, otra de dieciséis- fueron desnudadas, obligadas a pelear y luego entregadas a un equipo de mujeres paramilitares llamadas “las Paracas”, las que las golpearon hasta dejarlas inmóviles y luego mataron de un balazo en el cráneo, desmembraron y enterraron en una fosa. Lo que hicieron los paramilitares con estas chicas muestra la increíble crueldad de la barbarie paramilitar: tras el asesinato de las dos niñas (Camila y Juliana), las mujeres paramilitares procesaron partes de sus cuerpos para extraer grasa y utilizarla para untarse la cara con ella. Es lo que hicieron también los nazis en algunos campos de exterminio, utilizando la piel de los asesinados para hacer mamparas de lámparas y la grasa para fabricar jabón.
Estas niñas no eran guerrilleras ni comunistas ni delincuentes ni subversivas. Eran simplemente niñas. ¿Por qué matarlas de esa manera? Se las asesinaba por los mismos motivos que los militares chilenos y argentinos asesinaban a sus víctimas: para que no se supiera lo que les habían hecho, para que no se supiera la verdad y para poder decir que había una guerra, con sus debidas víctimas. Es lo mismo que quieren ahora las fuerzas armadas colombianas: que esos crímenes sean considerados como crímenes cometidos en estado de guerra –una pretensión que es todavía más infame, porque quieren hacernos creer que es normal que en tiempos de guerra se cometan esos crímenes cobardes e injustificados. Y luego, ¿por qué extraer grasa de sus cuerpos? La reducción a cosa de un ser humano –como se reduce igualmente a cosa a los animales de los que se extrae grasa para hacer jabones y otras cosas- es la demostración última del poder paramilitar y su barbarie. Las sociedades que querían instalar –lo que algunos se atrevieron a llamar la refundación de la sociedad-, caracterizadas por la explotación, la esclavitud, la perversidad y el crimen, no tienen casi referentes en la historia humana, excepto el periodo nazi de Alemania: una sociedad tan alejada y tan hostil a la humanidad misma que es mejor describir como una antesala del infierno.
Es en estos actos donde se aprecia mejor que las razones aducidas para justificar la violencia no fueron, ni son más que fachadas para encubrir la dimensión antihumana de la violencia de extrema derecha. Es innoble que algunos pretendan que estos crímenes son políticos o que se excusan en un pretendido estado de guerra. Nada justifica estos crímenes: ni la conmoción social, ni la guerra. Ni siquiera los justifica el odio, que es un impulso humano. Estos crímenes nos superan. Están más allá de toda explicación humana.
[La foto viene del blog Dickema 24 y muestra a un niño de seis años que fue castrado y desangrado hasta la muerte por paramilitares porque su papá era comunista].
[Recomiendo la consulta del blog mQh2, donde en el tema Colombia se encuentran numerosos artículos indexados, provenientes de verdadabierta, que pueden ser útiles para muchos investigadores. En el mismo blog se publica la columna de Amado de Mérici, que ha escrito extensamente sobre los paramilitares.]
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